Mi nombre es María y soy de la comunidad de San Antonio, en el occidente de Honduras.
Mi historia no ha sido fácil. Perdí a mi madre cuando tenía apenas 3 años y mis tres hermanitos y yo quedamos al cuidado de mi papá. Desde muy pequeña tuve que asumir grandes responsabilidades. A los 8 años ya cocinaba, limpiaba y también trabajaba en el campo para ayudar a mi familia.
Mi papá hacía lo posible por sostenernos, pero el dinero no alcanzaba. Solo pude estudiar hasta sexto grado. A los 16 años decidí irme a la ciudad en busca de mejores oportunidades y comencé a trabajar en casas particulares.
Más adelante fui mamá. Mi hija nació prematura y con problemas de salud. Pasó mucho tiempo hospitalizada, por lo que perdí mi trabajo. Tuve que volver a trabajar para poder pagar sus medicamentos, muchas veces llevándola conmigo. En algunos trabajos no la trataban bien y tuve que renunciar para protegerla. Hubo días en que no tenía qué darle de comer, pero nunca dejé de luchar por salir adelante.
Hoy mi hija tiene 6 años. Cuando escuché sobre la conformación de una cooperativa de cuidados, quise saber más. Desde la primera reunión sentí esperanza. Comencé a ver un nuevo futuro para mi hija y para mí. Me dije: “Si he llegado hasta aquí, no me voy a rendir”.
Para mí, la cooperativa representa una oportunidad de crecer, dignificar nuestro trabajo y construir un futuro mejor junto a otras mujeres.
A las jovencitas les digo: cuídense, estudien y sigan adelante. Si algún día les toca enfrentar la vida solas, no se rindan. No es fácil, pero con esfuerzo y apoyo podemos salir adelante.
Porque juntas somos más fuertes.